Una casa grande, tan
grande que los jardines se perdían a la vista de Sofía era el lugar donde ella
había nacido y crecido. Dos padres amables y consentidores hicieron de su niñez
probablemente la etapa más feliz de su vida. Criada desde niña con lo mejor,
ella solo conoció el lado amable de la vida. Habitación con cama de princesa y
finos muebles estilo Barbie completaban la visión de un dormitorio que lucía
igual, si no es que mejor, a los mostrados en los catálogos. Infinidad de
muñecas descansaban en los estantes, y en las cajas, peluches se apretujaban.
Sofía nació una
primavera con sol y 25 grados centígrados de temperatura. Era un día en que los
rosales de la casa misteriosamente parecían haber aumentado el número de sus
flores e intensificado su color. Sea por
las condiciones atmosféricas o algún
misterioso fenómeno, la luz de los jardines había cambiado, dándole al conjunto
un aspecto de fotografía en tecnicolor. Los contrastes se acentuaron y los bordes
de los pétalos parecían tener un brillo extraño de bosque de hadas. Cuando el
padre de Sofía salió a fumar un cigarrillo luego de 3 horas de incertidumbre,
notó que su casa lucía más bella que de costumbre ¿Será que mi hija esté
trayendo nuevos, misteriosos y fabulosos tiempos? Se preguntó no sin un ligero
escalofrío. Pero más allá de todo, probablemente pocas cosas habían hecho a Fermín
tan feliz como el ver a Sofía dormida al lado de su madre con un rostro
perfecto, es decir, no tenía ese rostro arrugado e inflamado con que llegan la
mayoría de los niños al mundo.
Labios pronunciados, rosados y ojos ligeramente rasgados hacían de
Sofi, como la llamaba su padre, una niña particularmente linda aun a sus pocas
horas de nacida. Con el tiempo unos mechones ondulados y castaños enmarcarían un rostro hermosamente triangular. En el kínder, no bien la llevaron cuando cumplió
cuatro años de edad, las profesoras se la disputaron para tenerla en su clase y
en las actuaciones siempre era la preferida para el papel principal mientras dos
padres aplaudían orgullosos desde las sillas a la niña de sus sueños, a la niña
de sus ojos y la niña de toda su vida.
Lo que Sofía conocía como
familia era el modelo que le había tocado vivir. Un padre que en la vida había
sabido hacer las cosas bien, daba estabilidad y holgura económica. Una madre
dedicada a la administración de la casa daba estímulo emocional y apoyo al
marido que cada vez emprendía nuevos, más
grandes y productivos retos, así, en un dueto sumamente funcional y organizado en pocos años lograron duplicar
la fortuna familiar.
El padre, esposo,
proveedor y no solo proveedor sino que buen proveedor, era el modelo de hombre para el matrimonio, que Sofía
había conocido desde siempre; y, el modelo de la esposa cuidadora del hogar y
de los hijos, y encargada de las espaldas del esposo para que fuera cada vez
mejor proveedor, era el modelo de mujer que querría, admiraría, y soñaría ser
cuando fuera grande. Así, desde que en la secundaria entre sus amigas hablaban
acerca de los chicos, ella siempre se interesaba en el que ya tenía dinero o en
el que gracias a sus cualidades, seguramente tendría dinero. Una sabia madre en
esos menesteres la había entrenado desde que tenía uso de razón en lo ventajoso
que puede ser para una mujer conseguir a un esposo que nunca le haga ver el lado pobre de la vida ni siquiera en broma, hija mía y también le había enseñado a reconocer, que en caso de
que por alguna razón, no pudiera conseguir un esposo rico, al menos se
procurara alguno que lo seria inevitablemente; porque en esta vida, quien sabe
mi hijita, quien sabe qué pasará y aunque te dejemos muchas cosas, nuca se sabe.
Luego del examen y viendo al doctor fruncir las cejas como queriendo negar el resultado Constanza se asustó. Nunca había enfermado de nada y siempre había disfrutado de una vitalidad que muchos envidiaban, pero ahora, el ver a un doctor que más que doctor había llegado a ser un buen amigo después de tantos años de acudir a él para su examen anual, sinceramente se preocupó. Y es que este año no era igual, porque en las últimas semanas, durante la ducha diaria, en el momento de enjabonarse los senos, había notado un ligero hundimiento del pezón derecho. Al principio no le prestó atención, pero con el correr de los meses y al ver que el ligero defecto persistía se preocupó y se preocupó más todavía cuando en un programa radial escucho los síntomas del cáncer de mama. Un rayó cruzó su cuerpo y la dejó con una sensación de miedo descontrolado. Luego de algunas semanas más y muchas noches de insomnio decidió ir a su médico, de una vez sabría si lo que tenía, era lo que su corazón temía.
Luego de hacerle un
examen clínico de mamas el doctor dijo:
-
Debe de hacerse exámenes adicionales.
- ¿Cree que sea algún tumor maligno? – Preguntó Constanza.
- ¿Cree que sea algún tumor maligno? – Preguntó Constanza.
-
No lo sé. Es mejor hacer una
mamografía.
Los resultados del
examen mostraron varios tumores en el seno derecho. Los siguiente fue una
biopsia en la que finalmente se terminó de definir que lo que tenía
Constanza era un carcinoma de mama. El doctor se lo dijo con esas palabras y
ella se quedó chiquita del terror que sintió. La cadena de análisis llevó luego a determinar el estadío del cáncer.
-
Lo siento Constanza, estamos muy mal,
estas en el estadío cuatro – Le dijo su médico. – Lo que puedo ofrecerte es lo
siguiente. Tendremos que hacer una mastectomía y luego tendrás que seguir un
riguroso tratamiento de quimioterapia.
-
¿No hay otro camino?- Preguntó
Constanza
-
No. Lo siento.



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