CURACION: EL DON DE SANAR


Extraido de el libro “Hágase la Luz” de Barbara Ann Brennan


EL DON DE SANAR
 El don de sanar reside en cada uno de nosotros. No es un don que se concede sólo a unos pocos. Es una cualidad innata suya y mía. Todo el mundo puede beneficiarse de la curación, y todo el mundo puede aprender a sanar. Cada cual puede sanarse a sí mismo y a los demás. 

Usted se proporciona curación, aun cuando no quiera llamarla así. ¿Qué es lo primero que hace cuando se ocasiona una herida? Generalmente, toca la parte herida de su cuerpo. Puede incluso sujetarla para tratar de mitigar el dolor. Este instinto físico envía también energía curativa a la parte afectada. Si se relaja y coloca sus manos sobre la herida más tiempo de lo que haría normalmente, comprobará cómo tiene efecto una curación aún más intensa. Todas las madres tocan, abrazan, besan o acarician a sus hijos cuando éstos contraen algún dolor, y hacen lo mismo con el resto de sus seres queridos. Si usted observa estas sencillas reacciones y procede a estudiarlas, constatará que cuando usted toca a alguien a quien quiere mucho, se produce un efecto más intenso que si toca a un desconocido. Lo más probable es que haya conferido a su tacto una esencia especial: la esencia del amor que siente hacia esa persona. Como ve, usted ha sido siempre capaz de sanar, pero no tenía conciencia de ello. 

Cuando usted está alegre, feliz, lleno de energía, o en cualquier otra disposición positiva, su tacto será más agradable para los demás que si estuviera de mal humor. La energía que encierra un contacto malhumorado no es la misma que existe en un contacto alegre. Su estado de ánimo en un momento dado se expresa a través de su energía. Cuando aprenda a regular su estado de ánimo y, en consecuencia, la naturaleza de su energía y su flujo energético, pronto utilizará su energía para sanar. Esto es lo que hacen los sanadores. Simplemente, aprenden a percibir y regular su energía para utilizarla en la curación.
Estas experiencias personales cotidianas, que tengo la certeza se han desarrollado desde que habitábamos en cavernas, han dado origen a la base de la curación por imposición de las manos. Ha tenido lugar desde que ha existido el ser humano. Los antiguos ya eran conscientes del poder curativo que residía en sus manos. Cada cultura investigaba y utilizaba este poder desde la estructura de sus conocimientos y tradiciones. En su li­bro Future Science, John White enumera noventa y siete culturas distintas de la faz de la Tierra, cada una de las cuales posee su propia denominación para referirse a la curación o a los campos de energía vital. Éstos se conocen en China y la India desde hace más de cinco mil años.

Yo llamo la energía vital que rodea y penetra en todo «campo de energía universal», o CEU. Y llamo la ener­gía vital asociada a los seres humanos «campo energético humano», o CEH. Se conoce más comúnmente como «aura humana». 

Percepción y regulación del CEH
Muchas personas pueden percibir el campo energético humano, y todo el mundo puede aprender a percibirlo.
De hecho, ya lo hacemos, tal vez inconscientemente, quizá sin considerarlo, o quizá llamándolo por otro nombre. Así, por ejemplo, usted sabe cuándo alguien le observa sin verlo porque lo nota; o bien le agrada in­mediatamente un desconocido que acaban de presentarle, y sabe que se llevará bien con él; o tiene la vaga sensación de que algo bueno va a ocurrirle, y así sucede. Usted siente el campo energético humano a través de lo que yo llamo elevada percepción sensorial (EPS). La EPS se refiere simplemente a la extensión de nuestros sentidos más allá del alcance normal al que estamos acostumbrados, y se conoce a veces como el «sexto sentido». Otros términos utilizados para designar esta capacidad son: clarividencia, o la aptitud de ver cosas significativas que otros no pueden ver; clariaudiencia, o la aptitud de oír cosas que otros no pueden oír; y clarisensibilidad, o la aptitud de sentir cosas que otros no pueden sentir. 

Yo he desarrollado, estudiado y utilizado la EPS durante muchos años. He descubierto formas más específicas de diferenciar los distintos tipos de EPS. Esta incluye los cinco sentidos normales -vista, oído, tacto, gusto y olfato-amén de otros sentidos complementarios. Uno de ellos, la intuición, es una vaga sensación de conocimiento, como saber que algo bueno va a ocurrir sin saber de qué se trata. Otro ejemplo de la intuición es cuando usted sabe que alguien va a llamar por teléfono -incluso puede saber quién-pero no sabe exactamente para qué.
Otro de estos sentidos es lo que yo llamo conocimiento directo. Este sentido nos brinda una información completa, específica y directa. Así, por ejemplo, sabemos que determinada persona va a llamarnos, cuándo lo hará y qué nos dirá. O, si se nos plantea una pregunta sobre algo que creemos desconocer por completo, resulta que conocemos el concepto global y los detalles específicos de la respuesta. Generalmente, en el cono­cimiento directo ignoramos de dónde obtenemos la información. Pero el caso es que la conocemos. 

Otro sentido superior es la capacidad de percibir nuestras emociones y las de los demás. Sabemos qué sen­timos mutuamente, aun cuando no lo expresemos con palabras. Simplemente, captamos la energía de los sen­timientos de la otra persona. 

Yo distingo entre la percepción de sentimientos y la percepción de amor. Así pues, otro sentido superior es la capacidad de sentir amor. Esto implica una conexión con los demás mucho más profunda que en la percepción del resto de emociones. Constituye una categoría por sí misma. 

Además de los cinco sentidos de la vista, el oído, el gusto, el olfato y el tacto, tenemos la intuición, el cono­cimiento directo, la percepción de emociones y la percepción de amor. Cuando todas estas sensaciones fun­cionan, somos capaces de ser plenamente conscientes de estar aquí y ahora. 

Los sentidos sirven la conciencia, y ésta nos introduce en el presente. Estar en el presente es una experien­cia que mucha gente alcanza a través de la meditación. 

Este estado del ser es una puerta de escape fuera de las fronteras de tiempo y espacio que nos limitan. La meditación tranquiliza y aclara la mente para alcanzar una sensibilidad elevada. 

La EPS reside en la esfera de la información muy sutil que nuestro cerebro considera poco importante. Piense en la analogía de la audición musical. Cuando la música está alta, se hace más dificil oír las notas más delicadas que contiene. Si usted baja el volumen, las notas más suaves y los matices más sutiles se vuelven significativos. Es posible oír ritmos dentro de otros ritmos. Lo mismo puede decirse de la EPS y el campo energético humano. Usted puede aprender a bajar el ruido interno que hay en su cabeza y prestar atención a los ritmos más suaves y a los matices más sutiles de la vida. Cuando lo haya practicado durante un cierto tiempo, descubrirá que esos ritmos más sutiles son los cimientos de su experiencia de la vida a cada momento. Están conectados a la potente energía vital con la que todos funcionamos.

Ponga su mano sobre la rodilla de su hijo la próxima vez que se la golpee. Permítase sentir su amor por su hijo. La mano se calentará. ¿Por qué? Porque la energía curativa de su campo energético surge de su mano y ayuda a la rodilla a sanar. Usted percibirá la energía curativa en forma de calor, palpitaciones o un hormigueo parecido a electricidad. Este tipo de percepción recibe el nombre de sensibilidad cinestésica. Usted percibe el campo energético humano cinestésicamente, mediante el tacto. 

Dado que usted puede percibir el campo energético humano, puede aprender a interactuar con él y a con­trolarlo a voluntad. Trate de cambiar el flujo de energía que recorre su cuerpo a partir de las instrucciones que siguen. Hágalo la próxima vez que se sienta cansado o tenso. 

Tiéndase e imagine un sol radiante y agradable dentro del plexo solar (región del estómago) de su cuerpo. Muy pronto se sentirá mucho mejor, y notará calor en el estómago. Es probable que la respiración aminore su ritmo a medida que usted se relaja. Si desea extender esta relajación de modo que incluya su espíritu, recuerde una intensa experiencia religiosa o espiritual que haya tenido, tal vez en su infancia. Evoque ese momento maravilloso y especial en el que supo que Dios (sea lo que fuere lo que representa personalmente para usted) existía y que el hecho de estar vivo era una experiencia de lo más natural y sagrada, tan natural que no entra­ñaba ninguna inquietud. Usted no volvió a pensar en Dios. Déjese llevar por esa experiencia y alójese pacífi­camente en brazos del creador. Al hacer esto, habrá cambiado su flujo energético. Se habrá inducido en un poderoso estado curativo. Sienta ahora su energía. ¿Le gusta? 

El relajado estado curativo que siente corresponde a su campo de energía a medida que se vuelve más cohe­rente, así como a una disminución de sus ondas cerebrales. Éstas pueden medirse con un electroencefaló­grafo, o EEG. Probablemente demostrará que su cerebro está en un ritmo alfa, de unos 8 Hz o ciclos por segundo, que es lo que se conoce como estado curativo. Un detector de campo magnético mostraría que su campo de energía vibra a razón de 7,8 a 8 Hz. Éste es un estado energético muy natural para cualquier persona. 

Es muy probable que, siendo niño, usted se entregaba plenamente a todo cuanto estaba a su alcance de un modo muy natural y espontáneo. Esto es lo que hace ahora, en esos prodigiosos momentos de abandono creativo en los que se entrega a la energía vital que emana de usted desde una fuente interna. Entonces los colores son más vivos; los sabores, más dulces; el aire, más fragante; y los sonidos que le rodean crean una sinfonía. Usted no es ninguna excepción; todo el mundo tiene este tipo de experiencias. 

Tal vez sus mejores ideas surgen cuando usted ni siquiera piensa en una solución a un problema. Usted pa-sea por el bosque o contempla una hermosa puesta de sol, cuando aparece de repente. Ha salido de las pro­fundidades de su ser interno. O bien se fija en los ojos de un bebé y ve asombro, y usted se llena de asombro ante el misterio de la vida. También en este caso las sensaciones han surgido de su propio interior. Emanan de una fuente interna y profunda que yo llamo el núcleo central del ser. Es de esa fuente de donde procede su luz. Es su chispa interior divina.



Exploración de las energías creativas curativas
Todos podemos aprender a explorar esa fuente profundamente arraigada en nuestro interior. La liberación de las energías creativas a voluntad requiere práctica. Una vez destruidos los bloqueos, la creatividad surge desde las capas profundas como si se tratara de un pozo artesiano. Cualquier artista o escritor conoce la lucha por superar los bloqueos que atenazan su creatividad. En cuanto se superan los obstáculos, la pintura o la escritu­ra fluye como un río. También les ocurre a los científicos que intentan resolver problemas. Todos los datos se almacenan en la mente racional. Ésta se esfuerza por encontrar la respuesta, pero no puede. Tras unas horas de descanso, algunos sueños y cierta actividad del hemisferio cerebral derecho, la solución se presenta por sí sola. La fuerza creativa ha sido desatada por un proceso interno de liberación en el que uno se sale de su ca­mino y permite que la energía fluya libremente.

La fuerza creativa también se manifiesta en los momentos críticos. Es entonces cuando actuamos como héroes. Todo el mundo ha oído hablar de hechos prodigiosos que han ocurrido en situaciones críticas, como el de un hombre que levantó un coche para rescatar a un ser querido en un accidente. O el caso de la madre que siente la urgente necesidad de regresar a casa y llega a tiempo de salvar a sus hijos de un peligro. 

La liberación de esta fuerza creativa nos proporciona un dominio sobre lo que está a nuestro alcance. El proceso de la curación consiste en liberar nuestra fuerza creativa para llegar a dominar la salud y el bienestar. De hecho, desde mi perspectiva y como veremos a lo largo de este libro, buena parte de la enfermedad es la consecuencia de bloquear el flujo natural de las energías creativas de un individuo.



¿Por qué bloqueamos nuestra energía creativa?
Cuando pasamos por las experiencias dolorosas de la vida, automáticamente tratamos de no sentir el dolor. Lo hemos hecho desde la infancia. Aislamos el dolor físico retirando nuestra conciencia de la parte del cuerpo dolorida. Combatimos la angustia mental y emocional tensando los músculos y encerrándola en nuestro inconsciente. Para mantenerla a raya en el inconsciente (o a veces justo por debajo del nivel de la conciencia), creamos toda suerte de distracciones en nuestra vida que alejen nuestra atención de ella. Podemos mantenernos muy ocupados y hacernos adictos al trabajo, o tomar el camino contrario hacia el paraíso de la televisión. Muchos de nosotros nos hacemos adictos a las drogas, al tabaco, al chocolate o al alcohol. Otros se vuelven adictos al perfeccionismo, a ser los mejores o los peores. Proyectamos nuestros problemas sobre los demás y nos preocupamos por ellos en lugar de tratar de resolver nuestros propios conflictos. Dirigimos mal o reducimos grandes cantidades de energía con el fin de evitar sentir dolor, incluyendo lo que sentimos en el momento presente y ser quienes somos en ese momento. Creemos que da resultado. Creemos que podemos pasar sin sentir ni ser quienes somos, pero no funciona. El precio es alto, pero podemos llegar a negar que haya un precio. El precio es la vida.
Consideramos que la única forma posible de detener todo ese dolor consiste en interrumpir el flujo de energía que contiene el dolor. Hay flujos de energía específicos que contienen dolor fisico, dolor emocional y dolor mental. Por desgracia, este flujo energético incluye también todo lo demás. El dolor no es más que una parte. Cuando detenemos la experiencia negativa del dolor, la ira o el miedo a cualquier situación desagradable, también podemos detener la experiencia positiva, incluidos los aspectos fisicos, emocionales y mentales de esa experiencia.
Quizá no seamos conscientes de este proceso porque, para cuando hemos alcanzado la edad de la razón, lo hacemos habitualmente. Cercamos nuestras heridas. Al cercar nuestras heridas, bloqueamos también la conexión con nuestro centro o núcleo interno. Puesto que el proceso creativo emana del núcleo creativo que reside dentro de nosotros, encerramos también nuestra creatividad. Hemos tapiado literalmente la parte más profunda de nosotros respecto a nuestra conciencia y vida exterior.



Conglomerados de tiempo psíquico congelados
El dolor que hemos reprimido empezó muy temprano en nuestra infancia, muchas veces antes incluso de na­cer, en el seno materno. Desde esa temprana infancia en que interrumpimos el flujo de energía en un episodio de dolor, congelamos ese evento tanto en su dimensión energética como temporal. Es lo que denominamos un bloqueo en el campo aural. Puesto que el campo aural se compone de conciencia energética, un bloqueo es conciencia energética congelada. La parte de nuestra psique asociada con ese evento se congeló también en el momento en que interrumpimos el dolor. Esa parte de la psique permanece helada hasta que la des­congelamos. No madura a medida que lo hacemos nosotros. Si el episodio sucedió a la edad de un año, esa parte de nuestra psique sigue teniendo un año de edad. Y lo seguirá teniendo y actuará como la psique de una persona de un año cuando se evoque. No madurará hasta que se cure dejando entrar en el bloque energía suficiente para descongelarla e iniciar el proceso de maduración. 

Todos estamos llenos de esos bloqueos temporales de conciencia energética. ¿Por cuánto tiempo, en un día determinado, actúa un ser humano como un adulto? No mucho. Interactuamos continuamente unos con otros desde distintos bloques de tiempo psíquico congelados. En cualquier interacción intensa, en un momento dado cada persona podría experimentar la realidad desde una perspectiva interna de adulto y, en el momento siguiente, una o ambas personas podrían haber pasado a un aspecto del niño herido a una edad concreta. Este cambio constante de un aspecto de la conciencia interna a otro es lo que dificulta tanto la comunicación. 

Un aspecto importante de tales bloques de tiempo psíquico congelados es que se coagulan juntos según una energía similar, formando un conglomerado de tiempo psíquico congelado. Así, por ejemplo, la energía puede tener la naturaleza de un abandono. Piense en un hombre de mediana edad llamado Joe. (En realidad es un personaje ficticio, pero su experiencia ilustra las de muchas personas con las que he trabajado. Para ilustrar qué ocurre en el nacimiento que puede seguir desarrollándose a lo largo de toda la vida, me referiré a Joedurante este capítulo. Él podría ser cualquiera de nosotros.) 

Cuando Joe nació, fue separado de su madre porque ésta tuvo muchas dificultades durante el parto y se le administró anestesia. Volvió a separarse de ella cuando tenía un año y su madre ingresó en el hospital para te­ner otro bebé. A partir de estas dos experiencias, el niño, que quiere mucho a su madre, espera ser abandonado por la persona que más quiere. Cualquier grado de abandono que sufra Joe en el futuro lo acusará con la misma fuerza devastadora que la primera vez. 

A partir de ese profundo trauma, nos formamos una imagen conclusiva. Una imagen conclusiva se basa en la experiencia; en el caso que nos ocupa, en la experiencia del abandono. Está basada en la lógica infantil que ar­gumenta: «Si amo, seré abandonado». Luego, esta imagen conclusiva colorea todas las situaciones similares. Obviamente, el pequeño Joe no es consciente de tener esta opinión a la edad de un año. No obstante, la conserva inconscientemente en su sistema de creencias y la arrastrará consigo toda la vida. En términos psico­lógicos, los dos primeros eventos se conectan directamente al suceso ocurrido cuando Joe contaba diez años y su madre se fue de vacaciones. Cada vez que suceda un hecho similar en su vida, su reacción emanará del punto de vista de la imagen conclusiva más que de la situación inmediata. Esto provoca todo tipo de reacciones emocionales que se exageran ante una situación dada. 

Como veremos en los capítulos siguientes, nuestra imagen conclusiva determina nuestra conducta personal, que tiende, de hecho, a recrear traumas similares al original. Así, es muy probable que Joe propicie en gran medida una situación en la que sea abandonado por su esposa o su novia. Sus actos, basados en sus expectativas negativas inconscientes, han contribuido a crear la situación. Dado que él espera, inconscientemente, que le abandonen, tratará a su esposa o a su novia como alguien que le abandonará. Puede que Joe le plantee demasiadas peticiones de que ella le demuestre su amor, o incluso la acuse de tener intención de abandonarle. Esta conducta inconsciente provocará a su compañera y, de hecho, la impulsará a marcharse. La realidad cruda y profunda es que, al tratarse como si mereciera ser abandonado, ha terminado por abandonarse a sí mismo. 

Como veremos, no conviene subestimar nunca el poder de nuestras imágenes conclusivas. El descubrimiento de nuestras imágenes encierra la clave del proceso de transformación hacia la salud y la felicidad. Estamos llenos de esas imágenes, en torno a las cuales se ensamblan los conglomerados de tiempo psíquico con­gelados. Todos tenemos mucho que limpiar.
Los bloques de tiempo psíquico congelados se coagulan en torno a una energía semejante que compone una imagen, lo cual confunde a cualquiera que entienda que esas experiencias deberían estar tan alejadas emo­cionalmente como lo están en el tiempo. Esto no es así. Cada pequeño segmento del conglomerado de tiempo psíquico congelado se compone de la conciencia energética que se heló en el transcurso de una experiencia concreta en el pasado. Pero las experiencias similares están directamente conectadas por más tiempo que haya transcurrido entre ellas. 

Mediante la actividad curativa se libera uno de los pequeños bloques de tiempo psíquico congelados. En­tonces, la energía progresiva que ingresa en el campo aural empieza automáticamente a liberar, a su vez, los otros pequeños segmentos del conglomerado de tiempo, por cuanto están llenos de energía similar. Volviendo al caso de Joe, cada vez que se libera un bloque de tiempo, él lo experimenta como si le ocurriera en ese preciso instante. Así, podría experimentar un dolor de cuando tenía treinta años y, tan pronto como remitiera ese dolor, se encontraría de repente en la edad de diez años. Muy pronto, esos diez años se convertirían en uno. 

En cuanto esas partes de la psique humana que no han madurado con el resto de la personalidad se liberan, inician un rápido proceso de maduración. Este proceso puede llevar desde unos minutos hasta un par de años, según lo arraigada, intensa y penetrante que fuera la conciencia energética congelada. 

Cuando esas energías se integran uniformemente en el CEH y se remiten al proceso creativo de la vida de un individuo, ocurren cambios en todos los ámbitos de la vida. La de Joe empieza a reestructurarse a partir de la nueva conciencia que actúa ahora en el proceso creativo. Joe ya no se abandonará en un esfuerzo inconscien­te por recibir atención. En cambio, permanecerá consigo mismo, porque ahora cree que es digno de tener com­pañía y es capaz de crearla. Una vez que haya desarrollado esta nueva relación consigo mismo, atraerá a una compañera que no contenga la energía del abandono. Así, la relación entre ambos será estable en este aspec­to. Claro que tal vez requerirá un cierto tiempo para dar con la «mujer ideal».



El dolor de vidas anteriores
El tema de la «vida anterior» ha sido objeto de una extensa investigación, tanto en la literatura como me­diante regresión hipnótica. Esta investigación busca el origen de la mayor parte de dolor psicológico crónico a
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través de las experiencias de una vida anterior. El libro Other Lives, Other Selves,  de Roger Woolger, con­tiene una detallada descripción al respecto. En su terapia de regresión a vidas anteriores, el doctor Woolger constata que, en cuanto un cliente revive y elimina el dolor de una experiencia en una vida anterior, es capaz de sanear circunstancias similares de su vida presente que otras clases de terapia no podrían manipular.
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Otras vidas, otras identidades, Ed. Martínez Roca, S. A., Barcelona, 1991, colección Nueva Era.
Las vidas anteriores están contenidas también en nuestros conglomerados de tiempo psíquico congelados. También se atraen e interrelacionan mediante energía similar. No están separadas por el tiempo, de modo que están directamente conectadas con los eventos de la vida presente y de otras vidas. Se requiere un poco más de energía para irrumpir en un evento congelado de una vida anterior, puesto que ha estado allí más tiempo y aparece cubierto de más residuos, pero puede hacerse en varias sesiones curativas. Sucede automáticamente cuando la persona está lista.
Según mis observaciones del campo energético humano durante las sesiones curativas, los traumas de las vidas anteriores subyacen siempre bajo los problemas crónicos del presente que son difíciles de resolver. Cuando los traumas de la vida presente se resuelven hasta cierto punto mediante la curación por imposición de manos, el trauma de la vida anterior que está enterrado bajo ellos aflora a la superficie para ser curado. Este tipo de actividad curativa es muy efectivo para transformar la vida de un cliente así como su condición física. Siempre ocurren grandes cambios a resultas de eliminar un trauma de la vida anterior mediante la imposición de manos. En este cometido, es siempre importante que el cliente relacione claramente su vida anterior con si­tuaciones de la vida presente, para que todo el conglomerado se libere y no pueda utilizarse para impedir las soluciones de esta vida.



El origen del dolor: su herida original
El origen del dolor, desde mi perspectiva, es aún más profundo que la energía bloqueada a partir del dolor personal o que el fenómeno de las vidas anteriores. Emana de la creencia de que cada uno de nosotros es un ente separado; separado de todos los demás y separado de Dios. Muchos de nosotros creemos que, para ser individuales, hemos de estar separados. Como consecuencia, nos separamos de todo, incluidos nuestros familiares, amigos, grupos, naciones y el planeta. Esta creencia en la separación se experimenta como miedo, del que surgen todas las demás emociones negativas. Una vez que hemos dado lugar a esas emociones negativas, nos separamos de ellas. Este proceso de separación se perpetúa creando más dolor e ilusión, hasta que el ciclo de retroalimentación negativa se rompe o se invierte mediante un trabajo de proceso personal. Este libro trata de aportar soluciones para invertir este círculo vicioso con el fin de inducir cada vez más placer y claridad en nuestra vida. La clave reside en el amor y la conexión con todo cuanto existe. 

El amor es la experiencia de estar conectado a Dios y a todo lo demás. Dios está en todas partes, en todo. Dios está encima, debajo, a nuestro alrededor y dentro de nosotros. La chispa divina de Dios es individual y única en cada uno de nosotros. La experimentamos como nuestro manantial interno, o el núcleo de nuestro ser. Cuanto más nos conectamos con Dios fuera de nosotros, más nos conectamos a la individualidad interna de Dios. Cuando estamos conectados al Dios universal y al Dios individual que llevamos dentro, estamos total-mente seguros y libres.



La creación de la máscara para enmascarar el dolor original
Cuando nacemos, aún estamos muy conectados a la gran sabiduría y el poder espirituales a través de nues­tro núcleo. Esta conexión con el núcleo y, en consecuencia, con la sabiduría y el poder espirituales nos aporta la sensación de seguridad absoluta y de admiración. Durante el proceso de maduración, esta conexión se desvanece lentamente. Es sustituida por las voces paternas que tratan de protegernos y darnos seguridad. Hablan de correcto y equivocado, de bien y mal, de cómo tomar decisiones y cómo actuar o reaccionar en una situación dada. A medida que la conexión con el núcleo se desvanece, nuestra psique infantil trata de­sesperadamente de reemplazar la sabiduría original innata por un ego que funcione. Por desgracia, el reves­timiento de voces paternas internalizadas no pueden cumplir ese cometido. Lo que se produce entonces es una máscara. 

La máscara constituye el primer intento de corregirnos. Con ella, tratamos de expresar quien somos de una forma positiva que sea aceptable para un mundo del que tememos que nos rechace. Presentamos nuestra máscara al mundo según nuestras creencias de lo que pensamos que el mundo dice que es correcto, para que nos acepte y nos sintamos seguros. La máscara tiende a la conexión con los demás porque eso es lo «correcto». Sin embargo, no puede conseguir una conexión profunda, por cuanto niega la naturaleza verdadera de la personalidad. Niega nuestro miedo y nuestros sentimientos negativos. 

Ponemos todo de nuestra parte en la creación de esa máscara, pero no funciona. La máscara nunca logra generar la sensación interna de seguridad que nos esforzamos por alcanzar. De hecho, genera la sensación in­terna de ser un impostor, por cuanto tratamos de demostrar que somos buenos cuando en realidad no lo somos siempre. Nos sentimos falsos, y experimentamos más temor. Entonces lo intentamos con mayor intensi­dad. Usamos lo mejor de nosotros mismos para demostrar que somos buenos (una vez más, según las voces paternas internalizadas). Esto produce más miedo, sobre todo porque no podemos soportar sentirnos cada vez más falsos y más temerosos, en un círculo vicioso en aumento. 

La intención de la máscara es protegernos de un mundo pretendidamente hostil demostrando ser buenos. La intención de la máscara es la simulación y la negación. Niega que su objetivo sea combatir el dolor y la ira, porque niega que ese dolor y esa ira existan dentro de la personalidad. La misión de la máscara es proteger el ser sin asumir la responsabilidad sobre acciones, pensamientos o hechos negativos. 

Desde la perspectiva de nuestra máscara, el dolor y la ira sólo existen fuera de la personalidad. No asumimos responsabilidad alguna. Todo lo negativo que ocurre tiene que ser culpa de otro. Culpamos a los demás. Esto implica que el dolor o la ira reside en otra persona.
La única manera de mantener esta mascarada consiste en tratar siempre de demostrar que nosotros somos los buenos. Por dentro, acusamos la presión constante que ejercemos sobre nosotros mismos para ser buenos. Tratamos de cumplir las normas. Y, si no, intentamos demostrar que tenemos razón y que las normas están equivocadas. 

Nos resentimos de tener que vivi r según normas ajenas. Cuesta mucho trabajo. Sólo queremos hacer lo que tenemos ganas de hacer. Nos cansamos, nos irritamos, no nos preocupamos, vertemos nuestras quejas y acusaciones negativas. Herimos a los demás. La energía que hemos almacenado en la máscara se agita, ejerce presión, se escapa y se transmite a los demás. Y, por supuesto, negamos también eso, dado que nuestra intención es preservar la seguridad demostrando que nosotros somos los buenos. 

En alguna parte de nuestro interior, nos complace estallar. Dar salida a la energía supone un alivio, aunque no lo hagamos de una forma clara y directa, aunque no asumamos la responsabilidad cuando lo hacemos. Hay una parte de nosotros que disfruta vertiendo nuestra negatividad sobre los demás. Esto se denomina «placer negativo», y se origina en el ser inferior.



El placer negativo y el ser inferior
Estoy segura de que usted recordará haber sentido placer en alguna acción negativa que haya hecho. Cualquier movimiento de energía, negativo o positivo, es placentero. Esas acciones transmiten placer porque son estallidos de energía que se ha almacenado en el interior. Si usted experimenta dolor cuando la energía empieza a moverse, pronto seguirá el placer porque, a medida que suelta el dolor, libera también la fuerza creativa, que se experimenta siempre como placer. 

El placer negativo tiene su origen en el ser inferior. Nuestro ser inferior es la parte de nosotros que ha olvi ­dado quién somos. Es la parte de la psique que cree en un mundo separado y negativo y que actúa de acuerdo con él. El ser inferior no niega la negatividad, sino que la disfruta. Tiene la intención de gozar del placer nega­tivo. Puesto que el ser inferior no niega la negatividad, como sí lo hace la máscara, es más honesto que ésta. El ser inferior es veraz respecto a su intención negativa. No finge ser bueno, porque no lo es. Impone sus inte­reses y no se anda con rodeos. Dice: «Yo me ocupo de mí, no de ti». No puede ocuparse de sí mismo y de otro por causa de su mundo separado. Gusta del placer negativo y quiere más. Conoce el dolor existente en la personalidad, y no tiene ninguna intención de experimentarlo. 


La intención del ser inferior es preservar la separación, hacer todo cuanto quiere hacer, y no sentir dolor.



El ser superior
Por supuesto que durante el proceso de maduración no toda nuestra psique está separada del núcleo. Una parte de nosotros es franca y afectuosa, sin ánimo de lucha. Está directamente conectada a nuestra divinidad individual interna. Está llena de sabiduría, amor y valor. Establece conexión con el gran poder creativo. Facilita todo lo bueno que ha sido creado en nuestra vida. Es la parte de nosotros que no ha olvidado quién somos. 

Donde haya paz, alegría y satisfacción en su vida, es allí donde su ser superior se ha manifestado a través del principio creativo. Si se pregunta qué se entiende por «quién es realmente» o «su verdadero ser», explore estas áreas de su vida. Son una expresión de su verdadera esencia. 

Nunca asuma que un área negativa de su vida expresa su verdadero ser. Las áreas negativas de su vida son expresiones de quien no es usted. Son ejemplos de cómo ha bloqueado la expresión de su verdadero ser.
La intención del ser superior es la verdad, la comunión, el respeto, la individualidad, una autoconciencia clara y la unión con el creador.



La importancia de la intención
La diferencia principal entre el ser superior, el ser inferior y la máscara reside en el establecimiento de la intención subyacente sobre la que se basa cada uno, y en la cualidad de la energía presente en cualquier interacción que resulte de la intención subyacente.

Lo más desconcertante de muchas interacciones humanas es que son distintas según la intención que se oculta tras ellas. Las palabras que pronunciamos pueden emanar de cualquiera de los tres focos de intención: el ser superior, el ser inferior o la máscara. Las propias palabras pueden decir una cosa, pero significar otra. El ser superior es sincero cuando afirma: «Somos amigos». La máscara quiere decir: «Somos amigos mientras yo sea el bueno, y tú no debes desafiar nunca la ilusión de que yo soy el bueno». El ser inferior dice: «Somos ami­gos sólo hasta que yo lo permita. A partir de entonces, ¡vigila! No te acerques mucho, porque te utilizaré para conseguir lo que quiera y para evitar mi dolor. Si te acercas demasiado a mí o a mi dolor, o tratas de impedir que consiga lo que quiera, me libraré de ti». (En este caso, librarse designa cualquier cosa que haga falta para detener a la persona. Podría referirse simplemente a no hablar con ella, o a superarla en una discusión o una demostración de fuerza, o podría llegar hasta el extremo de librarse fisicamente de ella.)



La defensa o la negación de su herida original genera más dolor
Cuanto más distorsionadas por la máscara sean las acciones que emanan de nuestro núcleo, más debemos justificar nuestras acciones mediante la censura. Cuanto más negamos la existencia de nuestro ser inferior, más nos debilitamos. La negación retiene la fuerza de la fuente creativa en nuestro interior. Esto da lugar a un círculo cada vez mayor de dolor e impotencia. Cuanto más grande se hace ese círculo vicioso de dolor e impo­tencia, mayor parece ser el dolor o la herida original. Se recubre de un dolor ilusorio de una intensidad ima­ginaria tal, que nos aterra inconscientemente y hace que no reparemos en medios para evitar experimentarlo. En nuestra imaginación, se convierte en una tortura y aniquilación total. Cuanto más justifiquemos el man­tenerse alejados de ese dolor sin curarlo, más se oculta la herida original y menos se parece a lo que creemos que es. 

A partir de mi experiencia como sanadora y maestra, he llegado a la conclusión de que generamos mucho más dolor y enfermedad en nuestra vida y nuestro cuerpo evitando la herida original mediante nuestras pautas de defensa habituales que los que generó la herida original en primera instancia.



Nuestro sistema de defensa habitual
En mi experiencia, el modo en que distorsionamos constantemente nuestro campo de energía para dar lugar a nuestro sistema de defensa habitual produce más dolor y enfermedad en nosotros que cualquier otra causa.
Cuando describa el campo energético humano más adelante, veremos cómo este esfuerzo por evitar el dolor produce una disfunción en nuestros campos, lo que provoca a su vez la enfermedad en nuestro cuerpo. Nues­tras pautas de defensa habituales pueden verse en nuestros campos de energía como un sistema de defensa energético. Nuestro sistema de defensa energético es la configuración habitual de distorsión en nuestros campos, en la que nos refugiamos cada vez más. Está en correlación con la propia máscara. 

Cuanto más logramos contener el dolor y la ira en el interior mediante este sistema de defensa, más se man­tienen también nuestros sentimientos positivos en el interior. Entonces nos aburrimos. La vida ya no es como esperábamos; se vuelve mundana y aburrida. Eros muere. Quedamos atrapados en círculos viciosos habituales y somos incapaces de propiciar lo que ansiamos en la vida. Esto también pasa factura a nuestro cuerpo. Empezamos a perder la fe en la vida. 

Mediante nuestro proceso habitual de encerrar el dolor, habitualmente encerramos también nuestro núcleo más profundo. Hemos olvidado su sensación. Hemos olvidado nuestra esencia. Hemos olvidado quién somos. Hemos perdido contacto con nuestras energías esenciales con las cuales creamos nuestra vida. Es como si esperásemos que nosotros creáramos nuestra vida tal y como deseamos que sea, cuando no sabemos quiénes son esos «nosotros».



El camino de vuelta a la herida original
La única forma de recordar quiénes somos, de crear nuestra vida tal y como queremos que sea, de inducir la salud y sentirnos seguros, consiste en volver a conectarse plenamente con el propio núcleo. Sólo hay una manera de lograrlo. Localizamos y observamos nuestras imágenes y liberamos los conglomerados de tiempo psíquico congelados que van asociados a ellas, para poder acceder a la fuente de todas las imágenes, que no es otra que la herida original. Debemos descubrir nuestra herida original. Esto implica revisar nuestro sistema de defensa y limpiar los sentimientos negativos y todas las capas de dolor imaginario que envuelven la herida original. Una vez que lleguemos a ésta, todos los aspectos de la vida son distintos, y nos curamos a nosotros mismos y nuestra vida. Éste es el proceso de transformación. 

Existen muchas técnicas para encontrar la herida original. La regresión mediante el uso de la autosugestión o de posturas corporales son dos de ellas. Ambas se enseñan en las clases que integran el programa de for­mación de la Barbara Brennan School of Healing. Utilizando estas técnicas, podemos ayudar a los alumnos a acceder a sus heridas originales. 

En un ejercicio grupal concreto, los alumnos se despojan de sus defensas adoptando la postura corporal que expresa lo que creen que es su herida. Para saber la postura correspondiente a su herida, sólo tienen que centrar su atención en los principales aspectos emocionales y en el dolor que experimentan ahora en la vida y dejar que su cuerpo reaccione a ellos- Esta técnica da resultado porque el dolor está conectado mediante la energía similar presente en el conglomerado de tiempo psíquico congelado. 

Intensificando la reacción de su cuerpo y manteniendo la atención concentrada en su interior, los alumnos exteriorizan su dolor, que se vuelve progresivamente más nítido. El resultado es siempre una sala llena de personas muy vulnerables en su dolor. Sus posturas retorcidas y deformadas manifiestan claramente su dolor. A veces, esas personas se mantienen de pie sobre una sola pierna, con la otra pierna y ambos brazos flexiona­dos hacia delante. Muchos presentan la cabeza gacha, mientras que otros permanecen en el suelo acurruca­dos como niños pequeños. 

En este ejercicio se observa con claridad que el dolor que envuelve los aspectos de la vida presente es, de hecho, el mismo que se experimentó en las primeras fases de la vida. A medida que se exterioriza el dolor actual, también se libera el dolor del pasado. Para conseguirlo, los alumnos siguen adoptando posturas mien­tras conservan la intención de concentrarse constantemente hacia dentro y atrás en el tiempo, hacia la herida original. 

Retroceden automáticamente, capa por capa, a través del dolor asociado a la imagen que envuelve la herida. Aun cuando ese dolor sea intenso y amenazador, es en buena parte ilusorio, porque se basa en la ilusión contenida en la imagen. Para entender lo que yo llamo «dolor ilusorio», retomemos el ejemplo de Joe a sus diez años de edad, que queda abrumado al ver que su madre se marcha para pasar una semana de vacaciones. Así es como él se siente, pero en realidad no es la situación en sí lo que le abruma. 

Mientras siguen atravesando el dolor ilusorio que está coagulado en torno a la herida original, los alumnos terminan por acceder a ésta. A medida que se aproximan a ella, se sorprenden de que su dolor disminuya. 

Una vez que han alcanzado su herida original, les pedimos que mantengan su postura mientras se acercan a otra persona, con el fin de establecer contacto con otro ser humano herido. Esto induce siempre un gran res­peto en la sala. Todo el mundo está herido. Todo el mundo es igual. El contacto con los demás genera una gran cantidad de amor en la sala. 

En cuanto se completa el ejercicio y llega el momento de compartir, se realizan interesantes descubrimientos. Los alumnos suelen sorprenderse al ver que su herida no es lo que esperaban. Comprueban que la mayor parte de su dolor no procede de la herida original, sino de la defensa de ella. Muy pronto en su vida, empeza­ron a defenderse de lo que creían que la vida les aportaría en función de su temprana imagen conclusiva. Cada vez que se defendían de esa imagen conclusiva, añadían más energía a su conglomerado de tiempo psíquico congelado. Cada vez que esto ocurría, la ilusión del dolor aumentaba hasta que perdían la noción de lo que era realmente el dolor. Lo único que quedaba era un dolor desconocido y aterrador que resultaba insoportable.
La parte más profunda de este ejercicio, según los alumnos, consiste en ver cuánto tiempo y cuánta energía gastamos a lo largo de la vida para defender nuestra herida original. El dolor más intenso es la autotraición. Al realizar este ejercicio, los alumnos pueden experimentar su temprana decisión de no actuar sobre la realidad de quien son, de no reconocer y vivir según su verdadera esencia. Se dan cuenta de que han tomado esa decisión una y otra vez a lo largo de su vida, hasta convertirse en un hábito inconsciente. Se trata de una parte constante de su sistema de defensa.

Esta experiencia les otorga una gran libertad y una perspectiva de la vida completamente distinta. La vida se convierte en un desafio constante a vivir según la verdad sin traicionarse uno mismo. El máximo desafio en la vida consiste en permanecer conectado al núcleo del propio ser y a expresarlo, sean cuales fueren las cir­cunstancias en las que nos encontremos. 

Este dolor no afecta tan sólo a unos pocos; existe en toda la humanidad en distintos grados. Algunas perso­nas son más conscientes de su dolor que otras.



La condición humana: vivir en dualismo
Todos los días expresamos nuestro núcleo hasta cierto punto. El grado de nuestra expresión es directamente proporcional a la firmeza y claridad con que estamos conectados a nuestro núcleo y permitimos que esa esencia interna se exteriorice. Los aspectos de nuestra vida que emanan con fluidez, sin problemas, y nos satisfacen plenamente son los que están directamente conectados a nuestro núcleo. Las energías que surgen sin inhibición directamente del núcleo dan lugar a grandes obras humanas y a vidas humanas ejemplares. Las energías que proceden sin inhibición directamente del núcleo originan una salud excelente. Son la expresión de nuestro ser superior, esa parte de nosotros con la que nacemos y que nunca pierde su conexión con el núcleo.

Por lo general, nos mostramos muy reservados respecto a esta parte de nuestro ser. La mayor parte del tiempo no demostramos cuánto nos preocupamos, cuánto amamos y cuánto anhelamos en la vida. Lo oculta­mos, lo matizamos, lo modulamos a un grado «moderado» de expresión (de acuerdo con las voces paternas internalizadas) y nos contentamos con menos. Esto es una conducta «apropiada», o así lo creemos. 

A veces, cuando no estamos alerta, nos dejamos ir, ¡y allá va la fuerza creativa! Un acto repentino de gene­rosidad o una expresión de amor o amistad que se produce antes de que nos demos cuenta es una expresión de esa esencia interna. Tiene lugar un momento de conexión íntima, y se libera amor. 

Entonces, al no ser capaces de tolerar la luz y el amor, nos intimidamos y nos apartamos de ellos. Sólo se requieren unos segundos para dejarse atenazar por la turbación y cerrarse un poco. Aparentemente de la nada surge un miedo repentino que dice: «Oh, quizá me he equivocado». Es la voz paterna la que habla, susti­tuyendo el núcleo. Debajo de ella subyace la defensa. En realidad quiere decir: «Si no detienes este flujo de energía, probablemente lo sentirás todo, incluido el dolor que te estoy ocultando». De modo que detenemos el flujo de fuerza vital, lo contenemos y lo racionamos. Regresamos al nivel «normal» de «seguridad» en el que no causaremos perturbaciones, por lo menos a nosotros mismos. 

Así es la condición humana. Vivimos en un dualismo de opciones, sean cuales fueren las circunstancias de la vida. Optamos a cada momento por decir sí a una indefensión equilibrada, poderosa y segura que aporta la ex­periencia plena de la vida, u optamos por decir no. Con este no, nos defendemos de la experiencia equilibrada de la vida y reprimimos nuestra vitalidad. 

La mayoría de nosotros prefiere eliminar una parte de su vitalidad la mayor parte del tiempo. ¿Por qué? Porque, inconscientemente, sabemos que el hecho de liberar el flujo de fuerza vital sacará a la luz el viejo do­lor, al que tememos. No sabemos cómo manejarlo. De modo que renunciamos a la defensa y regresamos a las viejas definiciones enmascaradas, y aparentemente adecuadas, de quien somos. Las voces paternas in­ternalizadas de la máscara se dejan oír más fuerte, y seguimos alejándonos: «¿Quién creías que eras? ¿Dios? ¿De verdad crees que puedes cambiar las cosas? ¡Vamos, sé realista! Las personas no cambian. Confórmate con lo que tienes. Eres un ambicioso, nunca aprecias lo que tienes». O bien: «Si tus padres te hubieran tratado mejor... Si tu marido no te hubiera hecho eso... Si hubieras nacido más agraciada...». Etcétera. La máscara puede hablar de mil maneras distintas para lograr que usted ocupe el sitio que le corresponde. Hasta cierto punto, le evita experimentar su dolor. Pero, a largo plazo, ocasiona más dolor y más tarde la enfermedad.
Las enfermedades se derivan de ocultar y desconectar una parte de nosotros del núcleo de nuestro ser. Cuando desconectamos, olvidamos quiénes somos y vi vimos la vi da en función de ese olvido, es decir, según nuestra máscara, nuestro ser inferior y nuestro sistema de defensa. La curación consiste en recordar quiénes somos realmente. Consiste en volver a conectarnos al núcleo en los aspectos de la psique de los que nos habíamos desconectado, y vivir en consecuencia.

En el grado exacto en que suprimimos las energías positivas, suprimimos también nuestra creatividad y la capacidad de llevar una vida saludable o de curarnos a nosotros mismos. 

Es responsabilidad de cada uno de nosotros volver a conectarnos a nuestro núcleo y sanarnos.



La intención espiritual de la herida original
Podríamos preguntarnos cuál es la causa o el objetivo de la herida original. La herida original es creada por la desaparición de la conexión entre el recién nacido y su sabiduría espiritual profundamente arraigada en su nú­cleo. ¿Por qué ocurre esto, desde la perspectiva evolutiva de la humanidad? La respuesta reside en la diferencia entre la conexión con el núcleo en las primeras fases de vida y la conexión adquirida mediante la experiencia vital. La vinculación inicial con el núcleo es inconsciente. Las conexiones con el núcleo que se establecen durante el proceso de la vida son conscientes. La vinculación de los adultos con su núcleo, que se consigue a través de la experiencia vital, da lugar a una percepción consciente de su divinidad interna. Los adultos toman conciencia de que son una chispa de luz divina en el universo. Son puntos de divinidad localizada. Este proceso evolutivo genera una mayor percepción consciente en nuestra especie. Descubrimos que somos co-creadores del universo. El objetivo de la encarnación es la creación de la conciencia del propio ser como co-creador divino del universo.



Seguir nuestros anhelos nos lleva a nuestra tarea en la vida
Cada uno de nosotros aspira a ser, comprender y expresar la propia esencia. Este anhelo es la luz interna que nos conduce por el camino evolutivo. Llevado a un nivel personal, esto significa que cada uno de nosotros nace con una tarea evolutiva de volver a conectarse con el núcleo de su ser. Para conseguirlo, debemos eli­minar las barreras que se interponen entre nuestra conciencia y nuestro núcleo. Esto se conoce como la tarea personal en la vida. Cuando la cumplimos, la liberación de las energías creativas nos aporta dones del núcleo que primero recibimos y luego compartimos con el mundo. Los dones que entregamos al mundo propician la realización de nuestra tarea vital en el mundo. Este cometido mundano se revela tan sólo cuando liberamos las energías creativas encerradas en nuestro núcleo. Así, podemos cumplir lo que deseamos hacer en el mundo con sólo ocuparnos de nuestro proceso de transformación personal.



Todos somos sanadores heridos
Todos somos sanadores heridos. Todos somos muy reacios a volvernos indefensos, a quitarnos el velo y a mostrar lo que tenemos dentro, ya sea positivo o negativo. Vacilamos en revelar el dolor o la herida que cada cual soporta a su modo. Nos resguardamos en la vergüenza. Creemos que somos los únicos, o que nuestro dolor es más despreciable que el de cualquier otra persona. Es muy problemático para nosotros, a menos que nos sintamos muy seguros. Esta es la condición humana. A todos nos llevará algún tiempo descubrirnos. Y requerirá mucho amor. Concedámonos mutuamente mucho espacio, tiempo y afecto. Es mediante esa herida que todos aprendemos a amar. Esa herida interna que todos tenemos es nuestro mejor maestro. Identi­fiquemos quiénes somos realmente por dentro. Somos nuestra hermosa esencia interior, pese a las capas de dolor y odio que nos envuelven. Cada cual es un individuo único, y es maravilloso que sea así. Hagámonos sanadores heridos, ayudándonos mutuamente a compartir la verdad de nuestro ser interno.
Podemos hallarnos dentro de un universo benigno, abundante y favorecedor de la vida que es sagrado. Vi­vimos en brazos del universo. Estamos rodeados de un campo curativo universal que contiene y sostiene la vida. Podemos estirar el brazo y tocarlo. Podemos alimentarnos, y de hecho lo hacemos siempre, de él. Pertenecemos a él, y él nos pertenece a nosotros. El misterio divino de la vida reside en nosotros, y nos envuelve por entero. 


Usted es su propio sanador
Es usted, y sólo usted, quien se sanará a sí mismo. Es perfectamente capaz de ello. El proceso de curar una enfermedad personal es, de hecho, un acto de habilitación personal. Es un viaje personal, una travesía diseña­da por usted como una de las mayores herramientas de aprendizaje que pueda encontrar jamás. Su viaje curativo incluirá, por supuesto, una consideración y utilización de las mejores herramientas que la medicina moderna puede ofrecerle, así como las mejores herramientas que la medicina holista puede brindarle. 

Desde una perspectiva más profunda, la enfermedad es provocada por un anhelo insatisfecho. Cuanto más grave sea la enfermedad, más intenso es el anhelo. Es un mensaje de que de algún modo, en alguna parte, usted ha olvidado quién es y cuál es su objetivo. Ha olvidado y se ha desconectado del objetivo de la energía creativa presente en su núcleo. Su enfermedad es el síntoma de ello: la enfermedad representa su anhelo insatisfecho. Así pues, por encima de todo, utilice su enfermedad para sentirse libre de hacer lo que siempre ha deseado hacer, de ser quien siempre ha querido ser, de manifestar y expresar quien ya es a partir de su realidad más profunda, más amplia y más elevada.
Si de veras ha descubierto que está enfermo, prepárese para el cambio, confíe en que su anhelo más intenso saldrá a la superficie para acometer su realización. Prepárese para dejar de correr y volverse para enfrentarse a la fiera que lleva dentro, sea lo que fuere lo que esto significa para usted personalmente. Sugiero que la me­jor forma de empezar a averiguar el significado de su enfermedad consiste en preguntarse: 

«¿Qué es lo que he anhelado y todavía no he conseguido realizar en mi vida?».
Le sugiero que encuentre, tarde o temprano, un vínculo entre ese anhelo insatisfecho y su enfermedad. Es dentro de este marco fundamental de salud y curación donde podrá restablecer su salud. Me refiero no sólo a la salud de su cuerpo físico, porque de hecho eso es secundario, sino a la salud del espíritu, la salud del alma. Es en esta estructura o metáfora de la vida donde se pueden resolver todos los problemas de la vida y de salud. Porque la vida en lo físico tiene que vivirse en el amor, debe consistir en desarrollar nuestras facultades más elevadas y unirnos con lo divino. Sean cuales fueren las circunstancias de su vida presente, la vida consiste en esto. Sea cual fuere el dolor, el problema o la enfermedad, es un maestro. Es un maestro de amor y un maestro que le recuerda que es usted divino. Éste es el proceso de su proyección de luz.

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author
Ivan Guevara
Autor del blog Aprendiz de Mago y La Otra Realidad Conversaciones con Elam.